La Espera

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Llevo mucho tiempo esperando. Exactamente desde que nací. Que irónico verdad, cuando se supone que acabe una espera es justo cuando comienza otra. Y en mis tantos años es cuando despierto de este sueño sentada en el café de la esquina. Ese. Ese que siempre evito. No me gustan los espacios pequeños llenos de gente. Los minutos de privacidad en los que se generan intimidad entre la rebeldía y la dulzura, esos, son mis favoritos. Termino de amarrar los gabetes de mis botas con fango seco de tanto andar y me hecho a la calle. Quisiera decirles que ando en las calles de Madrid, Mumbai o en un caminito de Uruguay. Me encuentro en las calles orinadas de algún pueblillo de Puerto Rico. Me detengo doy un sobresalto y verifico que nadie venga tras de mi. Tengo esta manía desde muy chica. Mis abuelos solian decirme que la muerte siempre está tras nosotros. Así que siempre he tratado de estar un paso adelante. Prevenida, prediciendo lo que va a suceder. Especialmente lo malo. Si me preparo con antelación podré controlarlo. Así pues nunca he esperado nada (o tal vez lo he esperado todo). Hasta que tus ojos se cruzaron con los mios. No porque no nos hubieramos visto antes, mas bien no nos habiamos descubierto. En ese momento tus pupilas absorbieron mis eternas predicciones. Me tomaste de la mano, sonreiste, fuiste cortés, me sentaste. Masajeando mis hombros me susurraste: "Ha comenzado la espera". 

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