A Dios lo creo yo

Nació sumergida en agua santa. Sin entender palabras le hablaron de temor. Temor de respeto, pero sonaba a miedo. Predominaba la palabra no, equivalente a pecado, a todo  aquello que diera placer. En su cuarto había una ventana pintada color limón.  Una silla en la que se sentaba a hablarle a Dios. ¿Por qué? Tanto dolor. ¿Tu omnipresencia justifica tanto castigo, sangre con moho? Por tres clavos y una cruz se llevó a su padre, su abuelo y su dignidad. Si existes, tu omnipresencia no está en las personas que te siguen. Ignorar a los que te necesitan, prejuician como hicieron con Jesucristo. A tu nombre tratan a los demás como leprosos. En aquella silla en la que vela al limón se pregunta ¿Quién es Dios? Ese que vuelve impuro mi cuerpo cuando toco con satisfacción las partes que me creó a costillas de Adán. Eso me dijeron antes de nacer, no dejaron búsqueda, me crearon un Dios. Y en ese balance estre su firmeza y sus dudas poco a poco se convirtió en un calvario, un sacrificio, una cruz. Volvió a leer los mandamientos pero  todos los había roto. Recordó el temor, concluyó que no era respeto, era miedo lo que le pedía su Dios, ese que le crearon. Pensó que debía pedir auxilio, guía, perdón. Dejaba de creer en Dios. Se dio 17 latigazos que provocaron que brotara sangre de su espalda y llegó a sus brazos. Escuchaba el tic-toc del reloj. Se le iba el tiempo pronto llegaría el salvador. Le pesaba el oro en las orejas, los dientes. Caminó de rodillas por la tierra, miró a los ojos a una niña, olió el café, vio ríos rojos, el cielo se puso gris, todos igual que siempre le arrojaron en la piel aguacates, zapatos, menta. Todos supieron, hasta los sapos, que aquella mujer había fornicado. Cuando le preguntaron contestó:

- No nací para que me crearan un Dios, Dios de temor, castigos y dolor. Dios no me creó.

A Dios lo creo yo.

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