8 meses después de María

  María llegó llena de agua, viento y furia. No había memorias suficientes para poder prepararse emocional, física y económicamente. La generación que habita está isla nunca había experimentado un huracán de esta magnitud, un huracán categoría 5. Mi hogar ubicado en la parte alta rural del pueblo de San Lorenzo, de cemento, con ventanas y puerta de seguridad recibió el embate del clima ese 20 de septiembre de 2017. El agua entraba como si una máquina de presión estuviese siendo utilizada estratégicamente.

     Pasamos dos días exprimiendo toallas, colchas y sabanas que utilizamos para evitar que el agua entrará a nuestro hogar. ¡Lo logramos! Al abrir la puerta el viernes 22 de septiembre 2017 cuando los vientos lo permitieron, la escena que encontramos fue más que desgarradora. Parecía que el viento se había metido debajo de la tierra con el único propósito de arrancarla.  No había paso, los árboles que me habían visto crecer por 30 años estaban en el suelo y los que aún estaban en pie no tenían ni una sola hoja.

     Vecinos que perdieron parte de sus hogares, animales atrapados en escombros o muertos, no había agua, ni luz, ni señal, ni servicio de teléfono. Los suministros de agua que habíamos tomado en preparación se perdieron, el viento vacío la cisterna y la lavadora, se llevó el dron de agua. Tenía miedo, mucho miedo. A medida que pasaron los días manejamos la ansiedad y la emociones en el que hacer de sobrevivir día a día. Recopilar agua, mantener el hogar limpio, recoger escombros y tratar de comunicarse.

     Doce días después las filas en las gasolineras comenzaban a disminuir, había recuperado un poco de la rutina incluyendo comenzar el trabajo. Si, soy bendecida. Antes lo era aún más y no lo podía ver. Sin embargo, hay mucha gente que lo ha perdido TODO casa, carro, empleo y con un clima que no ha perdonado nada. 27 días después, cuando las ayudas a las personas realmente afectadas no llegan, cuando no hay toldos, ni semáforos, ni servicios médicos accesibles y se siente como si el cagaero estuviera en pleno apogeo creo que lo menos que merecemos es poder dejar salir el golpe como nos dé la gana quejándonos, llorando y como queramos. El optimismo desmedido de gente que no ha sufrido gran cosa solo nos deja más frustrados.

     A seis meses después aún hay semáforos dañados, un gran porciento de la población en la zona rural sin luz, incluyendo mi sector, la señal es pésima pero la factura como quiera llega, el “flu” está por todos lados, el gobierno y la junta de control fiscal nos aplastan reforma tras reforma, impuesto tras impuesto. Mirar a nuestros pequeños con esperanza hacia el futuro se hace difícil. Sin embargo, en nosotros está el darles las herramientas para que puedan afrontar el futuro que les avecina. Así que es momento de enrollarse las mangas y hacer lo que se tenga que hacer. Esto ha sido el desahogo completado de una madre primeriza en medio del Desmadre Tropical 8 meses después del huracán María.

Comparto con ustedes algunas fotos que tomé desde mi celular 4 meses después del huracán









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